Maite García-Nieto

 
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Emily Brönte 1818-1848
Cumbres borrascosas
1847
Título original: Wuthering Heights
  
La obra maestra de Emily Brönte es con seguridad Cumbres borrascosas, una historia de amor apasionado en la que los principios irreconciliables de la fuerza y la calma terminan por armonizarse. Emily Brönte fue una mística, como lo demuestra su poesía, y Cumbres borrascosas dramatiza su percepción intuitiva de la naturaleza de la vida. Muchas y controvertidas fueron las críticas de la novela entre los contemporáneos de la autora. La intensidad de su sentimiento y la brutalidad de los personajes, las energías primitivas de amor y odio que impregnan la novela fueron juzgadas como salvajes y burdas por los críticos del siglo XIX. Pero la novela perduró en la historia de la literatura inglesa y la trágica historia de amor entre la apasionada Catherine y el atormentado Heathcliff es sin duda uno de los romances más inolvidables de la literatura de todos los tiempos. Como dijo Virginia Woolf, Emily Brontë era capaz de «liberar la vida de su dependencia de los hechos, con un par de pinceladas podía conseguir retratar el espíritu de una cara de modo que no precisara cuerpo, al hablar del páramo conseguía hacer que el viento soplara y el trueno rugiera».
  
La novela ha sido llevada al cine pero sin duda la mejor adaptación es la clásica que William Wyler dirigiese en 1939 con Laurence Olivier, Merle Oberon y David Niven. Pese a ser, como todas, una versión parcial de la novela la cinta consigue no traicionar el espíritu de la historia y resulta dramática, romántica y viva.
  
  
Cumbres borrascosas - Capítulo XII - Fragmento...
  
Ayer por la tarde hizo frío y niebla. Primero dudé entre quedarme en casa, junto al fuego, o dirigirme, a través de cenagales y yermos, a «Cumbres Borrascosas». Pero después de comer (advirtiendo que como de una a dos, ya que el ama de llaves, a la que acepté al alquilar la casa como si fuese una de sus dependencias, no comprende, o no quiere comprender, (que deseo comer a las cinco), al subir a mi cuarto, hallé en él a una criada arrodillada ante la chimenea y esforzándose en extinguir las llamas mediante masas de ceniza con las que levantaba una polvareda infernal. Semejante espectáculo me desanimó. Cogí el sombrero y tras una caminata de cuatro millas llegué a casa de Heathcliff en el preciso instante en que comenzaban a caer los primeros copos de una nevada semilíquida. El suelo de aquellas solitarias alturas estaba cubierto de una capa de escarcha ennegrecida, y el viento estremecía de frío todos mis miembros.
  
Al ver que mis esfuerzos para levantar la cadena que cerraba la puerta de la verja eran vanos, saltó la valla, avancé por el camino bordeado de groselleros, y golpeé con los nudillos la puerta de la casa, hasta que me dolieron los dedos. Se oía ladrar a los canes.
«Vuestra imbécil inhospitalidad merecía ser castigada con el aislamiento perpetuo de vuestros semejantes, ¡bellacos! -murmuré mentalmente-. Lo menos que se puede hacer es tener abiertas las puertas durante el día. Pero no me importa. He de entrar.»
  
Tomada esta decisión, sacudí con fuerza la aldaba. La cara de vinagre de José apareció en una ventana del granero.
- ¿Qué quiere usted? -preguntó-. El amo está en el corral. Dé la vuelta por el ángulo del establo.
- ¿No hay quien abra la puerta?
- Nadie más que la señorita, y ella no le abriría aunque estuviese usted llamando hasta la noche. Sería inútil.
- ¿Por qué? ¿No puede usted decirle que soy yo?
- ¿Yo? ¡No! ¿Qué tengo yo que ver con eso? -replicó, mientras se retiraba.
  
Espesábase la nieve. Yo empuñaba ya el aldabón para volver a llamar, cuando un joven sin chaqueta y llevando al hombro una horca de labranza apareció y me dijo que le siguiera. Atravesamos un lavadero y un patio embaldosado en el que había un pozo con bomba y un palomar, y llegamos a la habitación donde el día anterior fui introducido. Un inmenso fuego de carbón y leña la caldeaba, y, al lado de la mesa, en la que estaba servida una abundante merienda, tuve la satisfacción de ver a «la señorita», persona de cuya existencia no había tenido antes noticia alguna. La saludé y permanecí en pie, esperando que me invitara a sentarme. Ella me miró y no se movió de su silla ni pronunció una sola palabra.
-¡Qué tiempo tan malo! -comenté-. Lamento, señora Heathcliff, que la puerta haya sufrido las consecuencias de la negligencia de sus criados. Me ha costado un trabajo tremendo hacerme oír.
  
Ella no movió los labios. La miré atentamente, y ella me correspondió con otra mirada tan fría, que resultaba molesta y desagradable.
- Siéntese -gruñó el joven-. Heathcliff vendrá enseguida.
  
Obedecí, carraspeé y llamé a Juno, la malvada perra, que esta vez se dignó mover la cola en señal de que me reconocía.
- ¡Hermoso animal! -empecé-. ¿Piensa usted desprenderse de los cachorrillos, señora?
- No son míos -dijo la amable joven con un tono aún más antipático que el que hubiera empleado el propio Heathcliff.
- Entonces, ¿sus favoritos serán aquéllos? -continué, volviendo la mirada hacia lo que me pareció un cojín con gatitos.
-Serían unos favoritos bastante extravagantes -contestó la joven desdeñosamente.
  
Desgraciadamente, los supuestos gatitos eran, en realidad, un montón de conejos muertos. Volví a carraspear, me aproxime al fuego y repetí mis comentarios sobre lo desagradable de la tarde.
-No debía usted haber salido -dijo ella, mientras se incorporaba y trataba de alcanzar dos de los tarros pintados que había en la chimenea.
  
A la claridad de las llamas, pude distinguir por completo su figura. Era muy esbelta, y al parecer apenas había salido de la adolescencia. Estaba admirablemente formada y poseía la más linda carita que yo hubiese contemplado jamás. Tenía las facciones menudas, la tez muy blanca, dorados bucles que pendían sobre su delicada garganta, y unos ojos que hubieran sido irresistibles de haber ofrecido una expresión agradable. Por fortuna para mi sensible corazón, aquella mirada no manifestaba en aquel momento más que desdén y
una especie de desesperación, que resultaba increíble en unos ojos tan hermosos.
  
Como los tarros estaban fuera de su alcance, fui a ayudarla, pero se volvió hacia mí con la airada expresión de un avaro a quien alguien pretendiera ayudarle a contar su oro.
- No necesito su ayuda -dijo-. Puedo cogerlos yo sola.
- Dispense -me apresuré a contestar.
- ¿Está usted invitado a tomar el té? -me preguntó. Se puso un delantal sobre el vestido y se sentó. Sostenía en la mano una cucharada de hojas de té que había sacado del tarro.
- Tomaré una taza con mucho gusto -repuse.
- ¿Está usted invitado? -repitió.
- No -dije, sonriendo-; pero nadie más indicado que usted para invitarme.
  
Echó el té, con cuchara y todo, en el bote, volvió a sentarse, frunció el entrecejo, e hizo un pucherito con los labios como un niño a punto de llorar. El joven, durante esta charla, se había puesto un andrajoso gabán, y en aquel momento me miró como si hubiese entre nosotros un resentimiento mortal. Yo dudaba de si aquel personaje era un criado o no. Hablaba y vestía toscamente, sin ninguno de los detalles que Heathcliff presentaba de pertenecer a una clase superior. Su cabellera castaña estaba desgreñadísima, su bigote crecía descuidadamente y sus manos eran tan toscas como las de un labrador. Pero, con todo, ni sus ademanes ni el modo que tenía de tratar a la
señora eran los de un criado. En la duda, preferí no conjeturar nada sobre él.
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Emily Brontë nació el 30 de julio de 1818 en Thornton en Yorkshire, Inglaterra. Era la quinta de seis hermanos. En 1820 la familia se trasladó a Haworth donde su padre fue nombrado rector. Durante su infancia y  tras la muerte de su madre, las tres hermanas Brontë, Charlotte, Anne y Emily, junto a su hermano Branwell, crearon tierras imaginarias (Angria, Gondal y Gaaldine) que aparecían en las historias que escribían. En 1838, Emily empezó a trabajar como institutriz. Más tarde, junto a su hermana Charlotte, asistió a un colegio privado en Bruselas hasta que la muerte de su tía la hizo volver a Inglaterra. Emily se quedó a partir de entonces como administradora de la casa familiar.
En 1847 se publicó Cumbres borrascosas, que se ha convertido en un clásico de la literatura inglesa a pesar de que inicialmente, debido a su innovadora estructura, desconcertó a los críticos. Al igual que la de sus hermanas, la salud de Emily fue siempre muy delicada. Murió el 19 de diciembre de 1848 de tuberculosis a la temprana edad de 30 años, tras haber contraído un resfriado en septiembre en el funeral de su hermano, siendo enterrada luego en la iglesia de San Miguel de Todos los Santos en Haworth, West Yorkshire, Inglaterra.