Maite García-Nieto

 
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Diario de un seductor
Sören Kierkegaard
 
 
Diario de un  seductor es una novela corta del filósofo danés  Kierkegaard incluida en su obra capital “O lo uno o lo otro”. Describe la ambición amorosa del narrador, llamado Juan -o Johannes en original, clara referencia a la legendaria figura del conquistador Don Juan- que crea una estratagema para hacerse con el amor de mujer de nombre Cordelia. A través de consideraciones reflexivas del personaje principal masculino, narcisista y pedante, en torno al arte de la seducción, y las epístolas remitidas a su objetivo amoroso, el libro, narrado con exquisito tacto, muestra los diferentes procesos en torno a la maquinación, persuasión, fabulación y conquista del ser deseado.
Lo más interesante de este texto de Kierkegaard, es significar con su desarrollo que tal deseo de posesión amorosa no es la conquista en sí, sino la satisfacción del propio ego al atrapar la presa y soltarla desconsideradamante. Es el acto de un individuo inmaduro fascinado por la estética más que movido por la ética, aspectos fundamentales del autor danés. El libro alterna momentos de cierta fascinación en su aspecto de vanidad, hedonismo, autosatisfacción ególatra y engaño, con otros más lánguidos y reiterativos.
 
Sinopsis:
Fruto de su tormentosa relación con Regine Olsen y de sus meditaciones sobre el amor, el "Diario de un  seductor" es la obra que más fama ha reportado a Soren Kierkegaard. Pequeño tributo a la figura del seductor de la novela decimonónica, el «Diario» narra la relación entre Juan, "el seductor" -ducho en las artes del engaño y la manipulación- y la joven e ingenua Cordelia. Sin embargo, más allá de la trama literaria, abundar en la psicología del seductor no es sino un bello recurso que el filósofo danés utilizará para reflexionar sobre el "hombre estético". A saber, el hombre que atrapado por la fuerza de la inmediatez y el goce sensual vaga por la vida víctima de sus instintos y sin poder ver en lo que le rodea nada más que un medio para satisfacer sus apetencias.
 
Diario de un seductor - Fragmento
Ella es orgullosa, ya me he dado cuenta hace mucho tiempo. Cuando está en compañía de las tres Jansen habla muy poco: se ve que sus chismes le aburren, pues una especie de sonrisa en los labios la delata. Yo atesoro esa sonrisa. En cambio, otras veces, se abandona a una insolencia casi pueril, con gran sorpresa de las Jansen. Si pienso en su pubertad no me parece incomprensible. Sólo tenía un hermano, un año mayor que ella. Al tener relación sólo con el padre y con el hermano, únicamente fue testigo de acontecimientos serios, y por esto le molestan los vuelos de los patos. Su padre y su madre no fueron felices. Y todo lo que normalmente a una jovencita le sonríe, de forma clara u oscura, a ella no le sonrió. Puede que ni siquiera sepa lo que es la adolescencia para una mujer. Y quizá, en algunos momentos, pudo incluso desear no ser una adolescente, sino un hombre.
 
Ella tiene fantasía, alma, pasión, en fin, todas las sustancialidades, pero no reflejadas subjetivamente. Un incidente me ha convencido de ello precisamente hoy. Sé por Firma Jansen que ella no sabe tocar ningún instrumento, al ser contrario a los principios de la tía. Yo he estado siempre en contra de estas intransigencias, ya que la música es un medio ideal para comunicarse con una joven, basta que uno sea tan cauto de no dárselas de experto. Hoy, cuando subí a casa de la señora Jansen, apenas entreabierta la puerta -es una insolencia de la que a menudo saco ventaja y que, si fuera necesario, justificaría con una tontería-, en el instante en que iba a llamar, me la encuentro allí, sentada al piano, sola: tuvo la impresión de que estaba tocando a escondidas. Era una breve aria sueca; no era una experta, se impacientaba y entonces sacaba unas notas muy dulces. Cerré la puerta y me quedé fuera escuchando las variaciones de sus acordes; a ratos había tanta pasión en su forma de tocar que me trajo a la memoria a la virgen de Mettelil, que, cuando tocaba el arpa de oro, le salía la leche de los pechos. ¡Qué afán y a la vez qué encanto había en su forma de tocar! Habría podido entrar, aprovechar de ese instante, pero habría sido una locura... Los recuerdos no son únicamente un medio de conversación, sino también un medio de acrecentamiento, pues todo lo que está penetrado por el recuerdo adquiere doble importancia. A menudo entre las páginas de un libro, sobre todo en los libros de salmos, encontramos una pequeña flor; debió ser un momento muy dulce que nos ofreció el motivo para poner una flor entre esas páginas, pero es aún más dulce el recuerdo. Está claro que ella tiene escondido el hecho de que sabe tocar, o igual sólo sabe tocar esa aria sueca. ¿Tendrá para ella un interés especial? Lo desconozco, y por este motivo el hecho tiene para mí gran importancia. Cuando pueda hablar confidencialmente con ella la presionaré con delicadeza sobre este punto, y le dejaré que se desahogue.
 
Aún no me he enterado de cómo se la puede conquistar. Tengo que estar tranquilo y escondido: como un soldado vigía, preparado para tirarse al suelo y pegar la oreja a la menor señal del enemigo que avanza. De hecho yo no existo para ella, no en el sentido de una relación negativa entre nosotros dos, sino en el sentido de una falta absoluta de relación. Hasta ahora no me he atrevido a hacer prueba alguna. "Verla y amarla fue una misma cosa", se dice en las novelas, y sería verdad si el amor no tuviese una dialéctica propia. ¿Pero qué se aprende en las novelas acerca del amor? Mentiras, que sirven para facilitar el trabajo del autor.
 
Cuando, después de las informaciones que he recogido, vuelvo a pensar en la impresión que me suscitó nuestro primer encuentro, la imagen que conservo de ella ha sido modificada, con ventajas para los dos. Es verdad que no sucede todos los días encontrarse con una jovencita que viva sola, encerrada en sí misma. Yo la había sometido a la más minuciosa crítica: encantadora. Pero el encanto es un momento huidizo que desaparece como el día que muere. Aún no me la imaginaba en el ambiente en que vive, y tampoco había sospechado que estuviese tan irreflexivamente acostumbrada a las tempestades de la vida.
 
Desearía conocer también cuáles son sus verdaderos sentimientos. En realidad nunca ha estado enamorada, ya que su espíritu se eleva demasiado libremente, ni tampoco pertenece al grupo de esas vírgenes tan expertas en teoría que antes de tiempo caen desmayadas, por el simple hecho de pensarlo, en los brazos de un amante. Las formas de la realidad con las que se ha enfrentado no logran despertar en ella incertidumbre alguna sobre la relación entre sueño y realidad. Su alma aún se alimenta de la divina ambrosía de los ideales. Pero el ideal que se le pone delante no es el de una pastorcita, o el de una heroína de novela, o el de una enamorada, sino el de una Juana de Arco o cosa parecida.
 
Queda aún la pregunta de si su femineidad es tan fuerte como para que se pueda reflejar o si tiene que gozarse tan sólo como belleza y encanto. La pregunta es si se debe tensar aún más el arco. Ya es mucho encontrar una femineidad pura e inmediata, pero, si se pudiera intentar algún cambio, entonces se conseguiría también lo interesante. Y en ese caso es mejor buscarle un petimetre, que, aunque pretenda algo insignificante, mariposea alrededor. Es una superstición imaginar que eso puede perjudicar a una joven: si fuese una planta tierna y delicada, que tuviese un solo punto de esplendor en su vida, el encanto, entonces sería mejor que ella no hubiera oído hablar del amor. Pero éste no es el caso, y si sacara algún provecho no sentiría escrúpulo en procurarle un petimetre, a no ser que ya exista. Este petimetre, sin embargo, no tiene que ser ridículo, pues no se ganaría nada, tiene que ser amable si fuera posible, pero insuficiente para su pasionalidad. Ella se olvidará de un individuo así, estará molesta con el amor y casi se desesperará de su realidad. Al darse cuenta de sus sentimientos y comparándolos con lo que le ofrece la realidad, dirá: si no hay otra cosa por la que sentir amor, entonces no merece la pena amar. Ella se hará arrogante en su amor, y esa arrogancia la hará interesante, relucirá mediante su ser haciendo más sublime esta encarnación. Al mismo tiempo ella se habrá acercado más a su caída, pero todo seguirá haciéndola más interesante. Mientras tanto conviene cerciorarse antes de que entre sus conocidos no haya un cortejador de este tipo. En su casa no se da ninguna ocasión, ya que nadie se acerca, pero, dado que sale, terminará presentándose la ocasión. Buscar un doble, sin que yo lo sepa, es peligroso; dos cortejadores insignificantes, cada uno por su cuenta, podrían terminar perjudicándose mutuamente. Tengo que ver si no existe un amante discreto, que no tenga ganas de asaltar la torre, un ladrón de gallinas, que no vea ninguna oportunidad en esta torre ebúrnea.
 
Sigue en pie el principio estratégico, que es ley de todo movimiento en esta lucha, de ponerse en contacto con ella siempre en una situación interesante. Lo interesante es el terreno sobre el que se debe dar la batalla, hay que agotar todos los recursos de lo interesante. Si no estoy equivocado, su misma naturaleza está hecha de forma que lo que yo deseo sea precisamente lo que ella ofrece, lo que también ella desea. Hay que tener en cuenta lo que el individuo puede dar y lo que, por consiguiente, puede pretender. Por este motivo mis aventuras de amor conservan siempre una realidad para mí, constituyen un momento de vida, un periodo de formación, cuya experiencia había ya intentado anteriormente y a la que a menudo se relaciona con una u otra perfección. Aprendí a bailar por la primera jovencita que amé, aprendí francés por una bailarina. Entonces iba al mercado como los paletos, y a veces quedaba atrapado. Hoy yo hago la primera oferta. Quizá mientras tanto ella ya ha tirado por la borda un lado de lo interesante, su vida solitaria lo hace suponer. Vale la pena encontrar otro lado, que a primera vista no le parezca interesante, pero que precisamente por esto se convierta más adelante. Y para esto no escojo lo Poético, sino lo Prosaico. Así se empieza. En primer lugar es neutralizada su femineidad con prosaica inteligencia e ironía, no directa sino indirectamente y mediante algo totalmente neutral: el espíritu. Ella pierde casi ante sí misma su femineidad, y en esas condiciones no se puede quedar sola y acaba cayendo entre los brazos, no como si fuera amante, aún no, lo llamaremos neutral; así que su femineidad se despierta y es empujada con un máximo de tensión hasta chocar con ésta o esa autoridad afectiva. Ella la supera, su femineidad consigue alturas sobrehumanas y ella me pertenece con una pasión universal.
 
Soren Kierkegaard nació en Copenhague el 15 de mayo de 1813. Su padre era un rico comerciante y un estricto luterano, cuya tenebrosa piedad, dominada por un sentimiento de culpa, y fantasías morbosas influyeron y obsesionaron a Kierkegaard. Sören Kierkegaard estudió teología y filosofía en la Universidad de Copenhague, donde conoció la filosofía hegeliana, contra la que reaccionó con apasionamiento. En la universidad abandonó el protestantismo luterano y durante un tiempo llevó una extravagante vida social y se convirtió en una figura en los teatros y cafés de Copenhague. Tras la muerte de su padre en 1838, sin embargo, decidió reemprender sus estudios teológicos. En 1840 se comprometió con Regine Olson, de 17 años, pero muy pronto se dio cuenta de su incapacidad para aceptar ese vínculo a causa de su naturaleza melancólica y de su vocación filosófica. Rompió el compromiso matrimonial en 1841, pero este hecho fue muy significativo para él y aludió al mismo repetidas veces en sus libros. En esa época se dio cuenta de que no quería ser un pastor luterano. La herencia recibida de su padre le permitió dedicarse por completo al pensamiento filosófico y durante los 14 años que vivió tras este episodio escribió más de 20 obras.
 
Hacia el final de su vida, Kierkegaard se vio sumido en el núcleo de agitadas controversias, sobre todo con la iglesia luterana danesa, a la que consideraba mundana y corrupta. Sus últimos trabajos, reflejan una idea cada vez más pesimista del cristianismo que enfatiza el sufrimiento como esencia de la verdadera fe. También redobló sus ataques, dirigidos contra la moderna sociedad europea, por su falta de pasión y sus valores cuantitativos. La tensión producida por sus numerosos escritos y las controversias en que participó, minaron poco a poco su salud; en octubre de 1855 se desmayó en la calle y murió el 11 de noviembre de 1855 en Copenhague. La influencia de Kierkegaard se circunscribió al principio a Escandinavia y a la Europa de habla alemana, donde su trabajo tuvo un fuerte impacto en la teología protestante y en escritores como el narrador checo Franz Kafka. Cuando, a principios del siglo XX, el existencialismo surgió como un movimiento generalizado en Europa, las obras de Kierkegaard fueron traducidas con profusión y se le reconoció como a una de las figuras clave de la cultura moderna y un filósofo clave del siglo XIX, precursor del existencialismo.
 
 
Regina Olsen