Maite García-Nieto

 
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El jardín de los Finzi-Contini
Giorgio Bassani, 1916-2000
Primera edición: 1962
Título original: Il giardino dei Finzi-Contini
 
A finales de los años treinta en Ferrara, Italia, los Finzi Contini son una de las familias más influyentes. Ricos, aristocráticos, urbanos... y también judíos. Sus hijos, ya adultos, Micol y Alberto, buscan un círculo de amistades para jugar al ténis y hacer fiestas, olvidándose del resto del mundo. En ese círculo entra Giorgio, un judío de clase media que se enamora de Micol. Ella parece divertirse a su costa; incluso hace el amor con uno de sus amigos cuando sabe que Giorgio les está espiando. En medio de estos problemas sentimentales aparecerán importantes acontecimientos políticos. Esta novela, clave de la literatura europea, fue llevada al cine por Vittorio de Sica y consiguió el Oscar a la Mejor Película Extranjera en 1971.
  
El jardín imaginado desde el otro lado de un muro es el testigo silencioso de las relaciones entre un joven judío —narrador de esta historia— con los hermanos Finzi-Contini, y de un amor imposible. Es una novela sobre el descubrimiento del amor. Y todo está contado desde el punto de vista de un adulto cuando hace tiempo que la burbuja ha estallado. “¿Cuántos años han pasado desde aquella remota tarde junio?”, dice el narrador en algún pasaje de la novela para contestarse en seguida: “Más de treinta. Y, sin embargo, si cierro los ojos, Micòl Finzi-Contini sigue ahí, asomada al muro de su jardín, mirándome y hablándome”. Pero sabemos que no es así. El narrador nos lo ha dicho en el prólogo de la novela: Micól y toda su familia fueron deportados en el otoño de 1943 a un campo de concentración alemán del que nunca volvieron.
 
El jardin de los Finzi-Contini - Fragmento
Pasé la noche siguiente presa de gran agitación. Me dormía, me despertaba, volvía a dormirme. Y no dejaba de soñar con ella. Soñaba, por ejemplo, que estaba, exactamente como el día que había pisado el jardín por primera vez, mirándola mientras jugaba al tenis con Alberto. Ni siquiera en sueños le quitaba los ojos de encima un solo instante. Volvía a decirme que estaba espléndida, tan sudorosa y arrebolada, con esa arruga de terquedad y decisión tan feroz que le dividía la frente en vertical, de tan alerta como estaba en el esfuerzo por derrotar a su sonriente hermano mayor, un poco flojo y aburrido. Ahora, sin embargo, me sentía oprimido por un malestar, una amargura, un dolor casi insoportables. De la niña de diez años antes —me preguntaba desesperado—, ¿qué había quedado en esa Micól de veintidós años, en shorts y camiseta de algodón, en esa Micól de aspecto tan libre, deportivo, moderno (¡sobre todo, libre!), como para hacer pensar que había pasado los últimos años recorriendo las mecas del tenis internacional, Londres, París, Costa Azul, Forest Hills? Sí —comparaba—: Ahí quedaban de la niña los cabellos rubios y ligeros, estriados con mechones casi canos, los iris celestes, casi escandinavos, la piel color miel y, en el pecho, centelleando de vez en cuando fuera del escote de la camiseta, el disquito de oro del "sciaddài". Pero ¿qué más?
  
Después, nos encontrábanlos encerrados en la carroza, en aquella penumbra gris y rancia: con Perotti sentado en el asiento delantero, inmóvil, mudo, amenazador. Si Perotti estaba ahí arriba —razonaba yo—, dándonos la espalda obstinado, lo hacía, desde luego, para no tener que ver lo que sucedía o podría suceder en el interior de la carroza, por discreción de criado, en una palabra. Y, sin embargo, estaba igualmente informado de todo, el viejo palurdo, ¡vaya si lo estaba! Su mujer, la pálida Vittorina, estaba ahí, de facción, espiando a través de los postigos entornados del portalón de la cochera (de vez en cuando atisbaba yo su cabecita, como de reptil, con sus lisos, negros cabellos brillantes, que asomaba cauta junto al postigo) con sus tristes ojos descontentos, preocupados, clavados en él, haciéndole a hurtadillas gestos y muecas convenidos.
  
Y estábamos incluso en su habitación, Micól y yo, pero ni siquiera entonces solos, sino «estorbados» (había sido ella quien lo había susurrado) por la inevitable presencia extraña, que esta vez era la de Jor, que nos miraba fijamente con sus dos ojos de hielo, uno negro y otro azul. El cuarto era largo y estrecho y estaba, como la cochera, lleno de cosas de comer, pomelos, naranjas, mandarinas, y "làttimi", sobre todo, ordenados en fila como libros sobre los tableros de grandes estantes negros, austeros, eclesiásticos, que llegaban hasta el techo: ya que los láttimi no eran en absoluto los objetos de vidrio de que Micól me había hablado, sino, precisamente como yo había supuesto, quesos, pequeñas y goteantes formas de queso blanquecino, como botellas. Micól insistía riendo para que yo probara uno de sus quesos. Y entonces iba y se alzaba sobre las puntas de los pies, ya estaba a punto de tocar con la punta del índice de la mano derecha uno de los colocados más arriba (los de ahí arriba eran los mejores —me explicaba—, los más frescos), pero yo no, no aceptaba en absoluto, angustiado, además de por la presencia del perro, porque sabía que fuera, mientras así discutíamos, la marea de la laguna estaba subiendo con rapidez. Si tardaba un poco más, la marea alta me dejaría sitiado, me impediría salir de su habitación sin ser visto. En efecto, había entrado de noche y a escondidas, en la alcoba de Micól: a escondidas de Alberto, del profesor Ermanno, de la señora Olga, de la abuela Regina, de los tíos Giulio y Federico, de la candida señorita Blumenfeld. Y Jor, el único que sabía, el único testigo de lo que había también entre nosotros, no podía contarlo.
  
Soñaba también con que nos hablábamos y por fin sin fingir ya, con las cartas boca arriba. Reñíamos un poco, como de costumbre. Micól sostenía que lo que había entre nosotros había comenzado el primer día, es decir, cuando ella y yo, aún sorprendidos de volver a encontrarnos y reconocernos, habíamos escapado para ver el parque, y yo, en cambio, aducía que ni hablar, que, en mi opinión, había comenzado antes, al teléfono, desde el momento en que ella me había anunciado que se había vuelto «fea», una «solterona de nariz roja». Yo no la había creído, como es lógico. No obstante, ella no podía imaginar siquiera —añadía yo, con un nudo en la garganta— cómo me habían hecho sufrir aquellas palabras suyas.
 
Giorgio Bassani nació en Bolonia el 4 de marzo de 1916 y paso la infancia y la juventud en Ferrara, donde hizo transcurrir gran parte de sus historias. Siempre creyó ser sólo un poeta pero, después de darse a conocer en la posguerra con dos libros de poesía, se adentró en la novela tratando, a menudo, sobre las comunidades judías afincadas en Ferrara en los años del fascismo y sobre su convencimiento de que la gran desventura del hombre consiste en hacer el mal, no en sufrirlo.
 
Perteneció a la generación del neorrealismo de la posguerra italiana junto a Vittorini, Pavese y Moravia. Considerado uno de los escritores más populares de Italia de la segunda mitad del siglo XX, se consagró por El jardín de los Finzi-Contini (1962), una novela que describía la burguesía judía de Ferrara antes de que el fascismo decretara las leyes racistas y de que estallara la Segunda guerra mundial. Recuperó Il Gattopardo, la obra de Giuseppe di Lampedusa.Sus últimos años los vivió recluido en la residencia de su compañera, la estudiosa norteamericana Portia Prebys, debido al mal de Alzheimer. Falleció en Roma el 13 de Abril de 2000.
  
"Como escritor siempre he mirado más al siglo XIX que en el XX": en estas palabras, se resume la clave para entrar en el universo de Giorgio Bassani y, también, para comprender la acogida no demasiado positiva que parte de la crítica reservó a sus obras cuando se publicaron. En efecto, la obra del escritor de Bolonia, en el ámbito de la narrativa italiana entre 1945 y los primeros años 60, marcó el inicio de una fase de restauración, la transición del módulo neorrealista al registro elegíaco: una vuelta a lo privado, en definitiva, una inmersión en la nostalgia y el recuerdo, muestra de un claro alejamiento de la dimensión del compromiso.