Maite García-Nieto

 
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La aventura equinoccial de Lope de Aguirre
Ramón J. Sender
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La expedición de el Dorado soñaba con encontrar oro sobre los cuerpos de los reyes y en los fondos de los lagos y pueblos construidos sobre plata. Lope de Aguirre destacaba por loco y despiadado de entre los aventureros de peor fama que la formaban. Rebelde, retorcido y cojo, era por naturaleza un desesperado, un resentido contra todos los hombres y contra Dios. El único afecto conocido, su hija Elvira; el instinto más fuerte, la venganza. No le bastaban las riquezas; quería el honor que otros conquistadores lograron antes y, en su delirio, mató a quien conspiraba contra él y conspiró para que los que le estorbaban se mataran entre si.
  
La ambientación histórica y geográfica son correctas. El autor trasmite al lector las consecuencias que tiene para los personajes y la historia la marcha amazónica en medio del tremendo calor, las fieras, los insectos, etcétera, y nos da una acertada visión de las condiciones jerárquicas que dominaban la expedición: los soldados españoles, acompañados de algunas damas, eran el primer escalón; luego, los esclavos negros, pocos pero importantes, sobre todo como guardia fiel, y finalmente los indios.
  
Narra también con claridad el proceso de la rebelión que sacude a la marcha. En primer lugar, contra Ursúa, el jefe de la expedición, que se encuentra anulado por la pasión sexual hacia la mestiza Inés. Luego, contra su sucesor, el nombrado príncipe del nuevo estado antiespañol, Hernando de Guzman, que esta vez comanda el propio Lope de Aguirre, quien ya no habría de frenar su rueda de ejecuciones, sospechando hasta de su sombra. Finalmente, se nos narra la caída de este personaje, provocada por las deserciones de la mayoría de los hombres, y se retrata igualmente su muerte a arcabuzazos, poco después de que él asesine a puñaladas a su propia hija para que sus enemigos no puedan tomar represalias en ella y para que no sea conocida como la hija del traidor.
  
La novela de Sender sirvió de argumento a la película rodada en 1972 por Werner Herzog ‘Aguirre, la cólera de Dios’.
  
  
La aventura equinoccial de Lope de Aguirre - Fragmento
Salió doña Elvira aquel día a pasear, pero no con Lope de Aguirre, su padre, sino con Pedrarias, a quien expresamente Lope le encomendó aquella importante e inocente tarea. La Torralba no quería salir del bohío en aquella aldea porque habiendo querido cantar la jota soriana al instalarse en la casa nueva —y cantarla en el tejado— la pidió en matrimonio un cacique indio, y los soldados se rieron tanto de aquello que en cuanto la veían volvían a recordárselo y a bromear. Así pues, la Torralba no salía. Tampoco le gustaba ver las vergüenzas de tanta gente en cueros, según decía.
  
Tenía pánico por la noche pensando en los vampiros. Desde que una mañana despertó con sangre en la almohada y en las orejas y en las plantas de los pies no se volvió a dormir ya nunca sino completamente envuelta —de los pies a la cabeza— en una sábana como en una mortaja. Para que dormida no se destapara a causa del calor hacía que Elvira la cosiera la sábana encima cada noche. La hija de Lope tenía en cambio un recio mosquitero hecho con redes de pescar. Los mosquitos entraban, pero no los vampiros.
  
Pedrarias llevaba a doña Elvira cerca del bosque. Cada vez que el soldado la llamaba doña Elvira, ella se ruborizaba un poco y le decía que aquello era una galantería un poco boba de don Hernando y que no se burlara de ella.
  
Iba Pedrarias muy cuidadoso con Elvira por las alimañas de todo orden que solían encontrar. La serpiente cascabel era frecuente en aquellos lugares y su mordedura necesariamente mortal. La llamaban los indios jararacá, que parece una alusión al ruido que hacen con sus crótalos en las piedras.
  
Cuando preguntaban a las madres indias por qué tenían a sus niños colgados de pequeñas hamacas o cestos a cinco o seis pies de altura en las ventanas o los aleros de sus bohíos nunca decían que era por miedo a las culebras (a las cuales no había que aludir nunca, y menos a la cascabel), sino para evitar que los niños comieran tierra. Era verdad que aquel vicio lo tenían muchos de los chicuelos en todas las tribus y que con frecuencia alguno moría por su causa.
  
Mientras paseaba Pedrarias con doña Elvira, el capitán Guiral y el maestresala Villena hablaban a solas dentro de la casa de don Hernando y a cubierto del príncipe:
—¿Habéis visto que no ha dicho nada don Hernando?
—¿Qué va a decir? Horas hay para la lengua y horas para el cuchillo, y éstas son las del cuchillo.
  
Hacían los indios, fuera, su jolgorio de nauta y tambores a pleno sol. Era la vida del Amazonas aparentemente miserable y penosa, pero mirando las cosas despacio se llegaba pronto a comprender que dentro de la fatalidad en la que los hombres todos vivimos no era aquélla una vida tan ardua como la de algunos pueblos civilizados. La vida de aquellas gentes desde que nacían era una especie de deslumbramiento del que no acababan de salir en todo el tiempo de su existencia. Es decir, que llegaban al día de su muerte sin haber comenzado siquiera a comprender nada. Cuando nacían veían caudales inmensos de agua que tomaba distintos colores, entre los que predominaba el amarillo dorado. Veían al lado una selva poderosa y llena de misterio, con rumores siniestros durante el día y una algarabía infernal e inextricable durante la noche. El dios implacable de la vida y la muerte era visible y perceptible —volcanes lejanos que hablaban por el estruendo de sus erupciones y por los terremotos—. Las tormentas diarias desde Navidad hasta avanzado agosto con rayos y truenos, lluvias torrenciales y un sol aplastante mantenía en un estado de asombro a los hombres.
  
Nadie llegaba nunca a acostumbrarse ni a familiarizarse con todo aquello. Los grandes placeres físicos compensaban la incomodidad del hambre ocasional o del peligro de las guerras de tribus. Y cada día la sorpresa era mayor.
  
Cuando no podían más sorbían por la nariz el polvo del paricá o mascaban la coca. Así conseguían una calma interior perfecta. Llegaban a la mayor edad y morían a los treinta o cuarenta años sin haber salido de su asombro y sin ocasión para comenzar a reflexionar. Ahí estaba el peligro de los otros, de los españoles y los blancos. En la reflexión sin soluciones ni conclusiones. La vida de aquellos seres del Amazonas, con todas sus dificultades, era mejor que la vida gris y sórdida de los pobres en los países del viejo continente. La gente pobre de Europa vivía sesenta años o más abrumada por el hábito de reflexionar y de comprender demasiado sin poder resolver nada en definitiva. Y esto sucedía a veces también con los ricos.
 
Ramón José Sender Garcés, conocido como Ramón J. Sender, nació en Chalamera, Huesca, el 3 de febrero de 1901. Falleció en San Diego, California, el 16 de enero de 1982.