Maite García-Nieto

 
Principal Arriba

 

La familia de Pascual Duarte
Camilo José Cela
1942
 
La familia de Pascual Duarte, inscrita en el llamado «tremendismo» literario, es la primera novela de Cela y la que inicia su reconocimiento por parte de la crítica y el público. El novelista ofrece en estas páginas la trascripción de las memorias de Pascual Duarte, un asesino que espera la ejecución en la cárcel de Badajoz, avisando de que es «un modelo de conductas», pero «un modelo para huirlo».
  
El famoso comienzo de estas memorias -«Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo»- señala ya la congoja de un hombre que puede ser tomado como una hiena o como un manso cordero, «acorralado y asustado por la vida». Sucesivas desgracias van rompiendo el equilibrio de Pascual: la muerte del padre por rabia, la del hermano tonto al ahogarse en una tinaja de aceite, la del segundo hijo por un «mal aire traidor». Entonces, una extraña sed de sangre le impulsa en los momentos más desafortunados a matar a quien le hace daño, ya sea animal o persona. Una y otra vez parece que el destino le fuerza a actuar bárbaramente, olvidando con su terrible Fatalismo que había nacido para «rosa en un estercolero».
  
Esperando la muerte, junto con el frio ejercicio de la memoria que registra crímenes, injurias y huidas, le invade a Pascual Duarte un rudo arrepentimiento, mas intuitivo que racional, que no deja de ser sincero a pesar de su ambigüedad. Terrible en su tremendismo, exacta en desvelar un alma desgraciada, la novela se abre paso entre la sombría dureza de la vida, lacónica, impactante.
  
La familia de Pascual Duarte - Fragmento
Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas. Aquellos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya. Nací hace ya muchos años -lo menos cincuenta y cinco- en un pueblo perdido por la provincia de Badajoz; el pueblo estaba a unas dos leguas de Almendralejo, agachado sobre una carretera lisa y larga como un día sin pan, lisa y larga como los días -de una lisura y una largura como usted para su bien, no puede ni figurarse- de un condenado a muerte.
 
Era un pueblo caliente y soleado, bastante rico en olivos y guarros (con perdón), con las casas pintadas tan blancas, que aún me duele la vista al recordarlas, con una plaza toda de losas, con una hermosa fuente de tres caños en medio de la plaza. Hacía ya varios años, cuando del pueblo salí, que no manaba el agua de las bocas y sin embargo, ¡qué airosa!, ¡qué elegante!, nos parecía a todos la fuente con su remate figurado un niño desnudo, con su bañera toda rizada al borde como las conchas de los romeros. En la plaza estaba el ayuntamiento que era grande y cuadrado como un cajón de tabaco, con una torre en medio, y en la torre un reloj, blanco como una hostia, parado siempre en las nueve como si el pueblo no necesitase de su servicio, sino sólo de su adorno. En el pueblo, como es natural, había casas buenas y casas malas, que son, como pasa con todo, las que más abundan; había una de dos pisos, la de don Jesús, que daba gozo de verla con su recibidor todo lleno de azulejos y macetas. Don Jesús había sido siempre muy partidario de las plantas, y para mí que tenía ordenado al ama vigilase los geranios, y los heliotropos, y las palmas, y la yerbabuena, con el mismo cariño que si fuesen hijos, porque la vieja andaba siempre correteando con un cazo en la mano, regando los tiestos con un mimo que a no dudar agradecían los tallos, tales eran su lozanía y su verdor.
 
La casa de don Jesús estaba también en la plaza y, cosa rara para el capital del dueño que no reparaba en gastar, se diferenciaba de las demás, además de en todo lo bueno que llevo dicho, en una cosa en la que todos le ganaban: en la fachada, que aparecía del color natural de la piedra, que tan ordinario hace, y no enjalbegada como hasta la del más pobre estaba; sus motivos tendría. Sobre el portal había unas piedras de escudo, de mucho valer, según dicen, terminadas en unas cabezas de guerreros de la antigüedad, con su cabezal y sus plumas, que miraban, una para el levante y otra para el poniente, como si quisieran representar que estaban vigilando lo que de un lado o de otro podríales venir. Detrás de la plaza, y por la parte de la casa de don Jesús, estaba la parroquial con su campanario de piedra y su esquilón que sonaba de una manera que no podría contar, pero que se me viene a la memoria como si estuviese sonando por estas esquinas. La torre del campanario era del mismo alto que la del reló y en verano, cuando venían las cigüeñas, ya sabían en qué torre habían estado el verano anterior; la cigüeña cojita, que aún aguantó dos inviernos, era del nido de la parroquial, de donde hubo de caerse, aún muy tierna, asustada por el gavilán.
 
Mi casa estaba fuera del pueblo, a unos doscientos pasos largos de las últimas de la piña. Era estrecha y de un solo piso, como correspondía a mi posición, pero como llegué a tomarle cariño, temporadas hubo en que hasta me sentía orgulloso de ella. En realidad lo único de la casa que se podía ver era la cocina, lo primero que se encontraba al entrar, siempre limpia y blanqueada con primor; cierto es que el suelo era de tierra, pero tan bien pisada la tenía, con sus guijarrillos haciendo dibujos, que en nada desmerecía de otras muchas en las que el dueño había echado porlan por
sentirse más moderno. El hogar era amplio y despejado y alrededor de la campana teníamos un vasar con lozas de adorno, con jarras con recuerdos, pintados en azul, con platos con dibujos azules o naranja; algunos platos tenían una cara pintada, otros una flor, otros un nombre, otros un pescado. En las paredes teníamos varias cosas; un calendario muy bonito que representaba una joven abanicándose sobre una barca y debajo de la cual se leía en letras que parecían de polvillo de plata, «Modesto Rodríguez. Ultramarinos finos. Mérida (Badajoz)», un retrato del Espartero con el traje
de luces dado de color y tres o cuatro fotografías -unas pequeñas y otras regular- de no sé quién, porque siempre las vi en el mismo sitio y no se me ocurrió nunca preguntar.
 
Teníamos también un reló despertador colgado de la pared, que no es por nada, pero siempre funcionó como Dios manda, y un acerico de peluche colorado, del que estaban clavados unos bonitos alfileres con sus cabecitas de vidrio de color. El mobiliario de la cocina era tan escaso como sencillo: tres sillas -una de ellas muy fina, con su respaldo y sus patas de madera curvada, y su culera de rejilla -y una mesa de pino, con su cajón correspondiente, que resultaba algo baja para las sillas, pero hacía su avío. En la cocina se estaba bien: era cómoda y en el verano, como no la encendíamos, se estaba fresco sentado sobre la piedra del hogar cuando, a la caída de la tarde, abríamos las puertas de par en par; en el invierno se estaba caliente con las brasas que, a veces, cuidándolas un poco, guardaban el rescoldo toda la noche. ¡Era gracioso mirar las sombras de nosotros por la pared, cuando había unas llamitas! Iban y venían, unas veces lentamente, otras a saltitos como jugando. Me acuerdo que de pequeño, me daba miedo, y aún ahora, de mayor, me corre un estremecimiento cuando traigo memoria de aquellos miedos.
  
Camilo José Cela nació en la localidad gallega de Iria Flavia el 11 de mayo de 1916. Miembro de la Real Academia Española desde 1957 hasta su muerte, donde ocupó el sillón Q. Maestro del lenguaje y gran innovador de la narrativa en lengua castellana, también cultivó la poesía y los libros de viajes; siendo considerado uno de los mayores escritores del siglo XX español. Comenzó la carrera de Derecho en la Universidad Complutense de Madrid. Luchó en la Guerra Civil integrado en el bando franquista, fue herido en el frente y hospitalizado. Una vez terminada la guerra, se dedicó al periodismo, y ocupó un puesto en el cuerpo de Investigación y Vigilancia donde trabajó como censor. Se casó en 1944 con María del Rosario Conde Picavea con quien tuvo, dos años después, un hijo Camilo José.
  
En 1942 se produjo un acontecimiento de singular importancia literaria: la publicación de La familia de Pascual Duarte, novela que se desarrolla en la Extremadura rural de antes de la Guerra Civil y durante ella y en la que su protagonista cuenta la historia de su vida en la que se presenta la violencia más cruda como única respuesta que conoce a los sinsabores de su existencia. Este libro inaugura un nuevo estilo en la narrativa española, conocido con el termino "tremendismo", en el que se muestra sin ambages la dureza de la realidad .
Autor enormemente prolífico, novelista, periodista, ensayista, editor de revistas literarias, conferenciante, Cela siempre se mantuvo independiente y a contrapelo de muchas tendencias; ello unido a sus ideas políticas derechistas, al hecho de haber combatido en el campo nacionalista, a su españolismo sin quiebra, a la dedicatoria arriba referida, al hecho de haber ganado el Premio Nóbel, a sus desplantes de lenguaje en fin, le granjeó la mortal enemistad del "establishment" literario izquierdista. A ello contestaba Cela con humor dedicando algunos de sus libros con: «Dedico esta edición a mis enemigos que tanto me han ayudado en mi carrera».
  
En octubre de 1989 el secretario de la Academia Sueca anunció que le había sido concedido el Premio Nóbel de Literatura según la propia academia: «...por la riqueza e intensidad de su prosa, que con refrenada compasión encarna una visión provocadora del desamparo de todo ser humano». En 1995 recibió el Premio Cervantes, el más prestigioso galardón literario de los países de lengua española. Murió el 17 de enero de 2002 a los 85 años, el mismo día en que su hijo cumplía 56 años. Sus últimas palabras oficiales fueron: ¡Viva Iria Flavia!