Maite García-Nieto

 
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Leviatán
Paul Auster 1947-
Primera edición: 1992
Título original: Leviathan
 
Todo comienza con un muerto anónimo: en una carretera de Wisconsin, un día de 1990, a un hombre le estalla una bomba en la mano y vuela en mil pedazos. Pero alguien sabe quién era, y con el FBI pisándole los talones, Peter Aaron decide contar su historia, dar su versión de los hechos y del personaje, antes de que la historia y las mitologías oficiales establezcan para siempre sus falsedades —o verdades a medias— como la verdad. Y así, Peter Aaron escribirá Leviatán, la biografía de Benjamín Sachs, el muerto, también escritor y objetor de conciencia encarcelado durante la guerra de Vietnam, desaparecido desde 1986, autor de una novela de juventud que le convirtió fugazmente en un escritor de culto, acaso un asesino, y angustiado agonista de un dilema contemporáneo: ¿Literatura o compromiso político? ¿Realidad o ficción?
  
El misterio del azar es el eje principal de muchas de las historias que Paul Auster ha escrito a lo largo de su carrera. Y Leviatán es una de ellas. ¿Por qué si no van a encontrarse Peter Aaron y Benjamin Sachs, los dos protagonistas de la novela, los dos escritores, en un bar tras una fuerte tormenta de nieve? ¿Cómo puede ser que la esposa de Benajmin Sachs sea la misma mujer por la que suspiraba en su juventud Peter Aaron? ¿Y por qué piruetas del destino la cartera que se encuentra Maria, una mujer indispensable para encontrar el hilo dentro de laberinto de la novela, conduce a tantas brutales coincidencias?... El marco que delimita el juego de piezas está compuesto por la relación de amistad existente entre los dos personajes principales: Benjamin Sachs y Peter Aaron. El primero es un hombre sociable, con talento y con una energía desbordante. Por su parte, Peter Aaron representa la ternura, el cariño y la reflexión. Una biografía en la que tienen un papel destacado las mujeres presentes en el entorno social de los dos amigos escritores.
 
Leviatán - Fragmento
– Así que él se va por ahí de correrías mientras tú te quedas en casa esperando a que el marido pródigo vuelva al hogar. No me parece un acuerdo justo.
– Es justo. Lo es porque yo lo acepto, porque me siento feliz así. Aunque apenas he utilizado mi propia libertad, sigue siendo mía, sigue perteneciéndome, es un derecho que puedo ejercer cuando quiera.
– Por ejemplo ahora.
– Eso es, Peter. Finalmente vas a tener lo que siempre has deseado. No tienes por qué sentir que estás traicionando a Ben. Lo que suceda esta noche es algo estrictamente entre tú y yo.
– Eso ya lo has dicho antes.
– Puede que ahora lo entiendas un poco mejor. No tienes por qué quedarte paralizado. Si me deseas puedes poseerme.
– Así, sin más.
– Sí, sin más.
  
Su crudeza me acobardaba, me parecía incomprensible. Si no hubiera estado tan desconcertado, probablemente me habría levantado de la mesa y me habría ido, pero me quedé sentado en mi silla sin decir nada. Por supuesto, yo deseaba acostarme con ella. Ella lo había comprendido desde el principio, y ahora que me había descubierto, ahora que había convertido mi deseo en una brutal y vulgar proposición, yo apenas sabía quién era ella. Fanny se había convertido en otra. Ben se había convertido en otro. En el espacio de una breve conversación, todas mis certezas acerca del mundo se habían derrumbado.
  
Fanny me cogió la mano de nuevo y, en lugar de intentar disuadiría, respondí con una débil y azorada sonrisa. Ella debió de interpretarlo como una capitulación, porque un momento después se levantó de su silla y dio la vuelta a la mesa para acercarse a mi. Le abrí los brazos y sin decir una palabra ella se acurrucó en mi regazo, plantó sus caderas firmemente sobre mis muslos y me cogió la cara entre las manos. Empezamos a besarnos, las bocas abiertas, las lenguas agitándose, babeándonos las barbillas, empezamos a besarnos como un par de adolescentes en el asiento trasero de un coche.
  
Continuamos así durante las tres semanas siguientes. Casi enseguida, Fanny se me hizo reconocible de nuevo, un punto de quietud familiar y enigmático. Ya no era la misma, por supuesto, pero no en ninguno de los sentidos que me habían aturdido aquella primera noche, y la crudeza que había mostrado entonces no se repitió. Empecé a olvidarlo, a acostumbrarme a nuestra nueva relación, a la continua acometida del deseo. Ben seguía fuera de la ciudad y, excepto cuando David estaba conmigo, yo pasaba todas las noches en su casa, durmiendo en su cama y haciendo el amor con su mujer. Di por sentado que me casaría con Fanny. Aunque eso significase destruir mi amistad con Sachs, estaba plenamente dispuesto a llevarlo a cabo. Por el momento, sin embargo, me callaba. Todavía estaba demasiado impresionado por la fuerza de mis sentimientos y no quería abrumaría hablando demasiado pronto. Así es como justificaba mi silencio, por lo menos, pero la verdad era que Fanny mostraba poca inclinación a hablar de nada que no fuera el día a día, la logística del próximo encuentro.
  
Nuestras escenas de amor eran mudas e intensas, un desvanecimiento a las profundidades de la inmovilidad. Fanny era toda languidez y sumisión, y yo me enamoré de la suavidad de su piel, de la forma en que cerraba los ojos siempre que yo me acercaba a ella silenciosamente por detrás y la besaba en la nuca. Durante las dos primeras semanas no deseé nada más. Tocarla era suficiente, y yo vivía para el ronroneo casi inaudible que salía de su garganta, para sentir que su espalda se arqueaba lentamente contra las palmas de mis manos.
  
Imaginaba a Fanny como la madrastra de David. Imaginaba que los dos pondríamos casa en un barrio diferente y viviríamos allí el resto de nuestras vidas. Imaginaba tormentas, escenas dramáticas y combates de gritos con Sachs antes de que nada de esto fuera posible. Tal vez acabemos llegando a las manos, pensaba. Me encontraba dispuesto a todoy ni siquiera la idea de pelearme con mi amigo me escandalizaba. Insistí para que Fanny me hablase de él, ávido de escuchar sus agravios para justificarme ante mis propios ojos. Si podía probar que él había sido un mal marido, entonces mi plan de quitársela tendría el peso y la santidad de un propósito moral. No estaría quitándosela, estaría rescatándola, y mi conciencia quedaría limpia. Era demasiado ingenuo para comprender que la enemistad también puede ser una dimensión del amor. Fanny sufría por la conducta sexual de Ben; sus extravíos y pecadillos eran una fuente constante de dolor para ella, pero una vez que empezó a hacerme confidencias, la amargura que yo esperaba oír nunca fue más allá de un suave reproche. Abrirse a mí parecía aliviar cierta presión en su interior, y ahora que ella también había cometido un pecado, quizá podría perdonarle los pecados que él había cometido contra ella. Ésta era la economía de la justicia, por así decirlo, el quid pro quo que convierte a la víctima en victimario, el acto que equilibra la balanza.
  
Acabé por aprender muchas cosas acerca de Sachs a través de Fanny, pero no me proporcionaban la munición que buscaba. Más bien, sus revelaciones tenían el efecto opuesto. Una noche, por ejemplo, cuando empezamos a hablar de la época que él pasó en prisión, descubrí que aquellos diecisiete meses habían sido mucho más terribles para él de lo que nunca me había permitido saber.
No creo que Fanny estuviera tratando de defenderle expresamente, pero cuando me enteré de las cosas que había soportado (palizas caprichosas, continuos vejámenes y amenazas, un posible incidente de violación homosexual), me resultó difícil experimentar ningún resentimiento contra él. Sachs, visto a través de los ojos de Fanny, era una persona más complicada y angustiada que la que yo creía conocer. No era únicamente el exuberante y agotador extrovertido que llegó a ser mi amigo, era también un hombre que se escondía de los demás, un hombre cargado de secretos que nunca había compartido con nadie. Yo quería una excusa para volverme contra él, pero durante esas semanas que pasé con Fanny, me sentí tan unido a él como siempre. Extrañamente, nada de esto interfería en mis sentimientos hacia ella. Amarla era sencillo, aunque todo lo que rodeaba a ese amor estuviese cargado de ambigüedad. Era ella quien se había arrojado en mis brazos, después de todo, y sin embargo cuanto más la estrechaba, menos seguro me sentía de qué era lo que abrazaba.
 
Paul Auster nació el 3 de febrero de 1947 en Newark, Nueva Jersey, EE.UU. Tras terminar sus estudios de literatura francesa, italiana, inglesa y comparada en la Universidad de Columbia, vivió tres años en Francia donde ejerció los oficios más diversos, realizó traducciones de Mallarmé, Sartre, entre otros, y escribió poesía y pequeñas obras teatrales. A su regreso a Nueva York, Auster se dedicó a la traducción y a la crítica, la poesia y ensayos que salían publicados en diversas revistas. Parte de su obra está ambientada en la ciudad de Nueva York.
Poco tiempo después de divorciarse, la muerte de su padre le proporciona una pequeña herencia que le saca de apuros y le inspira para escribir La invención de la soledad, obra autobiográfica con la que se dio a conocer como escritor y sobre todo, con la Trilogía de Nueva York, formada por tres cuentos: La ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada. A partir de entonces comenzó a escribir novela. Conoce a la novelista Siri Hustvedt, con la que se casará en 1981.
  
Auster ha trabajado también como guionista y director cinematográfico. Autor prolífico y de notable éxito, en su bibliografía, traducida a veinticinco idiomas, se cuentan asimismo Leviatán, El cuaderno rojo, Mr. Vértigo, Tombuctú y bastantes más. Ha recibido numerosos premios literarios, entre ellos el  Médicis de Francia, en 1983, a la mejor novela de un autor extranjero por Leviatán y en octubre de 2006 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
  
Auster es el escritor del azar y de la contingencia; como no cree en la casualidad, persigue en lo cotidiano las bifurcaciones surgidas por errores o acontecimientos aparentemente anodinos. Esto sucede en La trilogía de Nueva York, en La música del azar, y sobre todo en Leviatán, en su excepcional escena central. Su estilo es aparentemente sencillo, gracias a su trabajo y conocimiento de la poesía, pero esconde una compleja arquitectura narrativa, compuesta de disgresiones, de metaficción, de historias en la historia y de espejismos. También describe existencialmente la pérdida, la desposesión, el apego al dinero, la bohemia...