Maite García-Nieto

 
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Lolita
Vladimir Nabokov 1899-1977
Primera edición: 1955
 
Humbert Humbert, un sujeto culto, refinado y hedonista con debilidad por las niñas pre-adolescentes, acepta a la viuda Charlotte Haze como casera, primero, y como esposa, a continuación, a fin de compartir techo e intimidades con la hija de ésta, una chiquilla de 12 años que responde al nombre de Lolita. La muerte de Charlotte, atropellada por un coche a las pocas horas de descubrir el diario y en consecuencia, los perversos intereses de su marido, dejará vía libre a Humbert para disfrutar de la compañía de su hijastra.
 
Lolita - Fragmento
«Veo que no se siente usted favorablemente impresionado», dijo la dama apoyando un instante su mano sobre mi manga. Combinaba un frío atrevimiento –el exceso de lo que se llama «aplomo»– con una timidez y una tristeza que hacían tan artificial la nitidez con que elegía sus palabras como la entonación de un profesor de «dicción». «Confieso que ésta no es una casa muy... pulcra –continuó la condenada–, pero le aseguro (y me miró los labios) que estará usted muy cómodo, muy cómodo en verdad... Permítame que le muestre el jardín» (dijo estas últimas palabras con más ánimo y con una especie de atracción simpática en la voz).
  
La seguí de mal grado por las escaleras y, después por la cocina, al final del vestíbulo, en el ala derecha de la casa –donde también estaban el comedor y el saloncito (bajo «mi» cuarto, a la izquierda, sólo había un garage). En la cocina, la criada negra, una mujer regordeta y más o menos joven, dijo: «Me marcho ya, señora Haze», mientras tomaba su bolso negro y brillante de la manija de la puerta que daba a la entrada trasera. «Sí, Louise», respondió la señora Haze con un suspiro. «La llamaré el viernes». Pasamos a una despensa pequeña y entramos en el comedor, paralelo al saloncito que ya había admirado. Advertí un calcetín blanco en el suelo. Con un gruñido de desaprobación, la señora Haze se inclinó sin detenerse y lo arrojó en una alacena junto a la despensa. Inspeccionamos rápidamente una mesa de caoba con una frutera en el centro que sólo contenía el carozo todavía brillante de una ciruela. Busqué tanteando el horario que tenía en el bolsillo y lo pesqué subrepticiamente para dar con el primer tren. Aún seguía a la señora Haze por el comedor cuando, más allá del cuarto, hubo un estallido de verdor –«la galería» entonó la señora Haze– y entonces sin el menor aviso, una oleada azul se hinchó bajo mi corazón y vi sobre una estera, en un estanque de sol, semidesnuda, de rodillas, a mi amor de la Riviera que se volvió para espiarme sobre sus anteojos negros.
  
Era la misma niña: los mismos hombros frágiles y color de miel, la misma espalda esbelta, desnuda, sedosa, el mismo pelo castaño. Un pañuelo a motas anudado en torno al pecho ocultaba a mis viejos ojos de mono, pero no a la mirada del joven recuerdo, los senos juveniles. Y como si yo hubiera sido, en un cuento de hadas, la nodriza de una princesita (perdida, raptada, encontrada en harapos gitanos a través de los cuales su desnudez sonreía al rey y a sus sabuesos), reconocí el pequeño lunar en su flanco. Con ansia y deleite (el rey grita de júbilo, las trompetas atruenan, la nodriza está borracha) volví a ver su encantadora sonrisa, en aquel último día inmortal de locura, tras las «Roches Roses». Los veinticinco años vividos desde entonces se empequeñecieron hasta un latido agónico, hasta desaparecer.
  
Me es muy difícil expresar con fuerza adecuada esa llamarada, ese estremecimiento, ese impacto de apasionada anagnórisis. En el brevísimo instante durante el cual mi mirada envolvió a la niña arrodillada (sobre los severos anteojos negros parpadeaban los ojos del pequeño Herr Doktor que me curaría de todos mis dolores), mientras pasaba junto a ella en mi disfraz de adulto –un buen pedazo de triunfal virilidad–, el vacío de mi alma logró succionar cada detalle de su brillante hermosura, para cotejarla con los rasgos de mi novia muerta. Poco después, desde luego, ella, esa nouvelle, esa Lolita, mi Lolita, habría de eclipsar por completo a su prototipo. Todo lo que quiero destacar es que mi descubrimiento fue una consecuencia fatal de ese «principado junto al mar» de mi torturado pasado. Entre ambos acontecimientos, no había existido más que una serie de tanteos y desatinos, y falsos rudimentos de goce. Todo cuanto compartían formaba parte de uno de ellos.
  
Pero no me ilusiono. Mis jueces considerarán todo esto como la mascarada de un insano con gran afición por el fruit vert. Au fond, ça m'est bien égal. Sólo puedo decir que mientras esa Haze y yo bajábamos los escalones hacia el jardín anheloso, mis rodillas eran como reflejos de rodillas en agua rizada, y mis labios eran como arena, y...
—Ésta es mi Lo —dijo ella–. Y ésas son mis azucenas.
—Sí, sí –dije–. ¡Son hermosas, hermosas, hermosas!...

Vladimír Nabokov
Nacido en el seno de una familia aristocrática de San Petesburgo en 1899, el joven Nabokov tuvo que exiliarse con los suyos a raíz de la Revolución de Octubre. Crimea, Londres, Berlín y París fueron sus destinos hasta que la inminente llegada de las tropas nazis a la capital francesa lo llevó a cruzar el charco y a establecerse como profesor universitario en Estados Unidos. El éxito de Lolita y de obras posteriores como Pálido fuego y Ada o el ardor. le permitiría asentarse definitivamente en Suiza, donde falleció el 2 de julio de 1977.