Maite García-Nieto

 
Principal Arriba

 

En busca del tiempo perdido
Obra en 16 volúmenes, 1913 a 1927
Marcel Proust 1871-1922
Por el camino de Swann, 1913
Título original: À la recherche du temps perdu
Primer volumen: Du coté de chez Swann
  
La novela, que el propio Proust comparó con la compleja estructura de una catedral gótica, es la reconstrucción de una vida, a través de lo que llamó “memoria involuntaria”, única capaz de devolvernos el pasado a la vez en su presencia física, sensible, y con la integridad y la plenitud de sentido del recuerdo, proceso simbolizado por la famosa anécdota de la magdalena, cuyo sabor hace renacer ante el protagonista una época pasada de su vida. El tiempo al que alude Proust es el tiempo vivido, con todas las digresiones y saltos del recuerdo, por lo que la novela alcanza una estructura laberíntica. En la obra, un muchachito nervioso y frágil observa dos mundos apasionantes que se desarrollan a su alrededor en la pequeña ciudad de Combray: el de Charles Swann, un elegante y exquisito caballero, y el de los duques de Guermantes. La historia servirá para un preciso retrato de las últimas décadas del siglo XIX.
  
La primera parte, Por el camino de Swann, cuya primera edición fue sufragada por el propio Proust ante el desinterés de los editores, pasó desapercibida. Cinco años más tarde apareció A la sombra de las muchachas en flor, que resultó un gran éxito y obtuvo el premio Goncourt. Las partes tercera y cuarta, El mundo de los Guermantes y Sodoma y Gomorra, también recibieron una excelente acogida. Las tres últimas partes, que Proust dejó manuscritas antes de su fallecimiento en 1922, fueron publicadas póstumamente: La prisionera, La desaparición de Albertina y El tiempo recobrado.  La obra, traducida a numerosos idiomas, hizo famoso a su autor en el mundo entero, y su método de escritura, basado en un minucioso análisis del carácter de sus personajes, tuvo una importante repercusión en toda la literatura del siglo XX.
  
Por el camino de Swann
  
En 1913 vio la luz Por el camino de Swann. Esta primera entrega se abre con el pasaje más célebre de los que escribió Marcel Proust. La evocación de la infancia del narrador en Combray le permite recobrar una serie de personajes que llenaron sus primeros años de existencia, así como también el lugar donde transcurrió dicho período. Pronto cobran nitidez en la evocación del narrador los paseos cotidianos de niño: el camino de Méséglise, que le retrotrae, a su vez, al recuerdo de los personajes que lo poblaban, como Swann, su hija Gilberta y el músico Vinteuil, y el camino de los Guermantes, que conduce hasta un espacio habitado por unos aristócratas cuyas vidas son demasiado irreales para el conocimiento del mundo que poseía aquel niño. Rememora la relación amorosa entre Swann y su futura esposa, Odette de Crécy. La mala reputación que goza ésta entre la alta sociedad, lo obliga a frecuentar otros ambientes, como la casa de los Verdurin, unos nuevos ricos que encarnan los anhelos de ascenso social. En la última parte, el narrador ya se recuerda a sí mismo como ese adolescente angustiado por su pasión amorosa hacia Gilberta, la hija de Swann.
   
Uno de los fragmentos más conocidos tiene lugar cuando el narrador rememora recuerdos de su infancia al comer una magdalena con una taza de té, ya que asocia el sabor, la textura y el aroma de la magdalena con ese mismo estímulo vivido años atrás, en la niñez. Con ello, una vulgar magdalena se ha convertido en el símbolo proustiano del poder evocador de los sentidos.
  
Por el camino de Swann - Fragmento
  
A  decir  verdad,  yo  hubiera  podido  contestar  a quien me lo preguntara que en Combray había otras cosas, y que Combray existía a otras horas. Pero como lo que yo habría recordado de eso serían cosas venidas por la memoria voluntaria, la memoria de la inteligencia, y los datos que ella da respecto al pasado no conservan de él nada, nunca tuve ganas de pensar en todo lo demás de Combray. En realidad, aquello estaba muerto para mí. ¿Por siempre, muerto por siempre? Era posible. En esto entra el azar por mucho, y un segundo azar, el de nuestra muerte, no nos deja muchas veces que esperemos pacientemente los favores del primero.
  
Considero muy razonable la creencia céltica de que las almas de los seres perdidos están sufriendo cautiverio en el cuerpo de un ser inferior, un animal, un vegetal o una cosa inanimada; perdidas para nosotros hasta el día, que para muchos nunca llega, en que suceda que pasamos al lado del árbol, o que entramos en posesión del  objeto  que  les  sirve  de  cárcel.  Entonces  se  estremecen,  nos llaman, y en cuanto las reconocemos se rompe el maleficio. Y liberadas por nosotros, vencen a la muerte y tornan a vivir en nuestra compañía. Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de su dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos. Y del azar depende que nos encontremos con ese objeto ante de que nos llegue la muerte, o que no lo encontremos nunca.
  
Hacía ya muchos años que no existía para mí de Combray más que el escenario y el drama del momento de acostarme, cuando  un  día  de  invierno,  al  volver  a  casa,  mi  madre,  viendo  que  yo
tenía frío, me propuso que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té. Primero dije que no; pero luego, sin saber por qué, volví de mi acuerdo. Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes,  sus  desastres  en  inofensivos  y  su  brevedad  en  ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es  que  era  yo  mismo.
  
Dejé  de  sentirme  mediocre,  contingente  y mortal. ¿De  dónde  podría  venirme  aquella  alegría tan fuerte?  Me daba  cuenta  de  que  iba unida  al  sabor del  té y del  bollo, pero  le excedía en, mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un  segundo  trago,  que  no  me  dice  más  que  el  primero;  luego un
tercero, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse, parece que la virtud del brebaje va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí. El brebaje la despertó, pero no sabe cuál es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad, ese testimonio que  no  sé  interpretar  y  que  quiero  volver  a  pedirle  dentro  de  un instante y encontrar intacto a mi disposición para llegar a una aclaración decisiva. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre ésta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando ella, la que busca, es juntamente el país oscuro por donde ha de buscar, sin que le sirva para nada su bagaje. ¿Buscar? No sólo buscar, crear. Se encuentra ante una cosa que todavía no existe y a la que ella sola puede dar realidad, y entrarla en el campo de su visión.
  
Y otra vez me pregunto: ¿Cuál puede ser ese desconocido estado que no trae consigo ninguna prueba lógica, sino la evidencia de su felicidad, y de su realidad junto a la que se desvanecen todas las restantes realidades? Intento hacerlo aparecer de nuevo. Vuelvo con el pensamiento al instante en que tome la primera cucharada de té. Y me encuentro con el mismo estado, sin ninguna claridad nueva. Pido a mi alma un esfuerzo más; que me traiga otra vez la sensación fugitiva. Y para que nada la estorbe en ese arranque con que  va  a  probar  captarla,  aparta  de  mí  todo  obstáculo,  toda  idea extraña, y protejo mis oídos y mi atención contra los ruidos de la habitación vecina. Pero como siento que se me cansa el alma sin lograr nada, ahora la fuerzo, por el contrario, a esa distracción que antes le negaba, a pensar en otra cosa, a reponerse antes de la tentativa  suprema. Y luego, por segunda vez, hago el  vacío frente a ella, vuelvo a ponerla cara a cara con el sabor reciente del primer trago de té, y siento estremecerse en mí algo que se agita, que quiere elevarse; algo que acaba de perder ancla a una gran profundidad, no sé qué, pero que va ascendiendo lentamente; percibo la resistencia y oigo el rumor de las distancias que va atravesando.
  
Indudablemente, lo que así palpita dentro de mi ser será la imagen y el recuerdo visual que, enlazado al sabor aquel, intenta seguirlo hasta llegar a mí. Pero lucha muy lejos, y muy confusamente; apenas si distingo el reflejo neutro en que se confunde el inaprensible torbellino de los colores que se agitan; pero no puedo discernir la forma, y pedirle, como a único intérprete posible, que me traduzca el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable compañero el sabor, y que me enseñe de qué circunstancia particular y de qué época del pasado se trata. ¿Llegará hasta la superficie  de mi conciencia clara ese recuerdo, ese instante antiguo que la atracción de un instante idéntico ha ido a solicitar tan lejos, a conmover y alzar en el fondo de mi ser? No sé. Ya no siento nada, se ha parado, quizá desciende otra vez, quién sabe si tornará a subir desde lo hondo de su noche. Hay que volver a empezar una y diez veces, hay que inclinarse en su busca. Y a cada vez esa cobardía que  nos  aparta  de  todo  trabajo dificultoso y de toda obra importante, me aconseja que deje eso y que me beba el té pensando sencillamente en mis preocupaciones de hoy y en mis deseos de mañana, que se dejan rumiar sin esfuerzo.
  
Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena  que  mi  tía  Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa), cuando iba a darle los buenos días a su cuarto. Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara; quizá porque, como había visto muchas, sin comerlas, en las pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria no sobrevive nada y todo se va  desagregando!; las formas  externas -también aquella tan grasamente sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos-, adormecidas o anuladas, habían perdido la fuerza de expansión que las empujaba hasta la conciencia. Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más  frágiles, más vivos, más inmateriales, más, persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.
Marcel Proust nació en París, el 10 de julio de 1871. Hijo de un destacado médico y miembro de una familia acomodada, padeció durante toda su vida un asma crónica que lo obligó a tratamientos permanentes. Estudió en el Liceo Condorcet. Comenzó la carrera de derecho, pero pronto abandonó sus estudios para relacionarse con la sociedad elegante de París y dedicarse a escribir. Su primera obra, una colección de ensayos y relatos titulada Los placeres y los días, es sólo discreta, pero muestra dotes de observador para reproducir las impresiones recogidas en los salones de la ciudad. Este material lo emplearía con más eficacia en obras posteriores. A causa de su asma, crónica desde los 35 años, pasó el resto de su vida recluido, sin abandonar prácticamente nunca la habitación revestida de corcho donde escribió su obra maestra En busca del tiempo perdido. Esta obra describe con minuciosidad la vida física y, sobre todo, la vida mental de un hombre ocioso que se mueve entre la alta sociedad. Toda la obra es un largo monólogo interior en primera persona, y en muchos aspectos es autobiográfica. Proust falleció en Paris en 1922. Está enterrado en el cementerio Père-Lachaise