Maite García-Nieto

 
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Rayuela
Julio Cortázar 1914-1984
Primera edición: 1963
  
Rayuela es una narración laberíntica que nunca termuna, porque el paso de la tierra al cielo, no asi en el juego infantil, es Imposible de alcanzar. Cambios de estructura, de voz, se entrelazan con el relato de unos hechos parisinos o unos recuerdos bonaerenses bajo el sonido de melodías de jazz o el sabor amargo del mate. El protagonista, Oliveira, un peregrino de su patria, se reúne en un piso del Barrio Latino con varios amigos para charlar hasta la extenuación de lo de acá y de lo de allá, criticar las actitudes de La Maga, su oscuro amor, o recordar las enseñanzas de Morelli, la creación
metanovelística de Cortázar. Rayuela es, sin duda, un clásico inigualable de la narrativa contemporánea.
  
La novela propone dos lecturas: una de la manera tradicional, empezando por la primera página y siguiendo el orden normal hasta que ponga Fin (a pesar de que la novela aún tendrá muchas páginas más); y otra leyéndola en un minucioso orden de capítulos establecido en el Tablero de dirección que figura en las primeras páginas del libro. Con esta lectura, intercalada de collages, se sobreexpone de información al lector y se le hace cómplice de teorías avanzadas en materia de novela. La libertad como eje central. Una tercera consistiría en que, según el autor, existe una primera parte de capítulos necesarios, y la segunda parte, compuesta de capítulos prescindibles. Finalmente, una cuarta posibilidad de lectura, sugerida indirectamente por el autor, y utilizada por muchos de sus lectores, es leer la novela en el orden que el lector desee, ordenando y desordenando los capitulos a su gusto.
  
Rayuela - Fragmento
La técnica consistía en citarse vagamente en un barrio a cierta hora. Les gustaba desafiar el peligro de no encontrarse, de pasar el día solos, enfurruñados en un café o en un banco de plaza, leyendo-un-libro-más. La teoría del libro-más era de Oliveira, y la Maga la había aceptado por pura ósmosis. En realidad para ella casi todos los libros eran libro-menos, hubiese querido llenarse de una inmensa sed y durante un tiempo infinito (calculable entre tres y cinco años) leer la ópera omnia de Goethe, Homero, Dylan Thomas, Mauriac, Faulkner, Baudelaire, Roberto Arlt, San Agustín y otros autores cuyos nombres la sobresaltaban en las conversaciones del Club. A eso Oliveira respondía con un desdeñoso encogerse de hombros, y hablaba de las deformaciones rioplatenses, de una raza de lectores a fulltime, de bibliotecas pululantes de marisabidillas infieles al sol y al amor, de casas donde el olor a la tinta de imprenta acaba con la alegría del ajo. En esos tiempos leía poco, ocupadísimo en mirar los árboles, los piolines que encontraba por el suelo, las amarillas películas de la Cinemateca y las mujeres del barrio latino. Sus vagas tendencias intelectuales se resolvían en meditaciones sin provecho y cuando la Maga le pedía ayuda, una fecha o una explicación, las proporcionaba sin ganas, como algo inútil. Pero es que vos ya lo sabés, decía la Maga, resentida. Entonces él se tomaba el trabajo de señalarle la diferencia entre conocer y saber, y le proponía ejercicios de indagación individual que la Maga no cumplía y que la desesperaban.
  
De acuerdo en que en ese terreno no lo estarían nunca, se citaban por ahí y casi siempre se encontraban. Los encuentros eran a veces tan increíbles que Oliveira se planteaba una vez más el problema de las probabilidades y le daba vuelta por todos lados, desconfiadamente. No podía ser que la Maga decidiera doblar en esa esquina de la rue de Vaugirard exactamente en el momento en que él, cinco cuadras más abajo, renunciaba a subir por la rue de Buci y se orientaba hacia la rue Monsieur le Prince sin razón alguna, dejándose llevar hasta distinguirla de golpe, parada delante de una vidriera, absorta en la contemplación de un mono embalsamado. Sentados en un café reconstruían minuciosamente los itinerarios, los bruscos cambios, procurando explicarlos telepáticamente, fracasando siempre, y sin embargo se habían encontrado en pleno laberinto de calles, casi siempre acababan por encontrarse y se reían como locos, seguros de un poder que los enriquecía. A Oliveira lo fascinaban las sinrazones de la Maga, su tranquilo desprecio por los cálculos más elementales. Lo que para él había sido análisis de probabilidades, elección o simplemente confianza en la rabdomancia ambulatoria, se volvía para ella simple fatalidad. «¿Y si no me hubieras encontrado?», le preguntaba. «No sé, ya ves que estás aquí...» Inexplicablemente la respuesta invalidaba la pregunta, mostraba sus adocenados resortes lógicos. Después de eso Oliveira se sentía más capaz de luchar contra sus prejuicios bibliotecarios, y paradójicamente la Maga se rebelaba contra su desprecio hacia los conocimientos escolares. Así andaban, Punch and Judy, atrayéndose y rechazándose como hace falta si no se quiere que el amor termine en cromo o en romanza sin palabras. Pero el amor, esa palabra...
 
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
 
 
Jules Florencio Cortázar nació en Bruselas, en la embajada de Argentina en Bélgica, el 26 de agosto de 1914, escritor e intelectual argentino, es considerado uno de los escritores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del cuento y la narración corta, comparable a Jorge Luis Borges, Chejov o Edgar Allan Poe y creador de importantes novelas que inauguraron una nueva forma de hacer literatura en Latinoamérica, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal y donde los personajes adquieren una autonomía y una profundidad psicológica pocas veces vista.
  
Se casó con Aurora Bernárdez en 1953, una traductora argentina. Vivía en París en condiciones económicas penosas y le surgió el ofrecimiento de traducir la obra completa, en prosa, de Edgar Allan Poe para la Universidad de Puerto Rico, considerada por los críticos como la mejor traducción de Poe. En 1967 rompe su vínculo con Bernárdez y toma por pareja a la lituana Ugné Karvelis, con quien nunca contrajo matrimonio; ella resultó a la postre de gran influencia política para él. Con su tercera pareja y segunda esposa, la escritora canadiense Carol Dunlop, realizó numerosos viajes, uno de los primeros fue a Polonia, donde participó de un congreso de solidaridad con Chile. En agosto de 1981 sufrió una hemorragia gástrica y salvó su vida por milagro. Nunca dejó de escribir, fue su pasión aún en los momentos más difíciles. Carol Dunlop falleció el 2 de noviembre de 1982 y Cortázar falleció el 12 de febrero de 1984 a causa de una leucemia. Fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, en la misma tumba donde yacía Carol; es tradicional dejar una copa o un vaso de vino y una hoja de papel o un billete de metro con una rayuela dibujada junto a la tumba de Julio Cortázar.