Maite García-Nieto

 
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Trópico de cáncer
Henry Miller 1891-1980
Primera edición: 1934
Título original: Tropic of Cancer
  
Trópico de Cáncer, la novela autobiográfica de Miller, de escandalosa fama y primera de las que escribió, nos transporta al París de entreguerras. Escrita en clave autobiográfica y partiendo del convencimiento de que la razón nos está llevando a la catástrofe, Miller propone una emancipación del cuerpo a través de la filosofía de la inmediatez, del placer y el erotismo, del abandono, la irresponsabilidad y otros contravalores sociales. Debido a lo explícito de su lenguaje y sus temas sexuales, el libro fue prohibido durante los treinta años siguientes tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña. Cuando finalmente se publicó, en 1961 en el primer país y en 1963 en el segundo, se convirtió en una novela de culto. En el libro, Miller explora, con una sensualidad y libertad únicas, el sórdido vientre de París, donde vivió como expatriado empobrecido en los años treinta. Libre de convenciones morales y sociales, Miller salpimenta su obra con reflexiones filosóficas, fantasías y una serie de anécdotas claramente descritas sobre sus relaciones sexuales con mujeres. Su novela dinamitó los credos y convenciones de la época, provocando un escándalo que durante décadas veló su calidad de clásico, hoy unánimemente reconocida. Trópico de Cóncer, más que un libro, es una experiencia.
  
Como comentó Samuel Beckett, la novela es «un acontecimiento trascendente en la historia de la literatura moderna» y, sin duda, hizo mucho para destruir tanto los tabúes sociales como el lenguaje usado para hablar del sexo. La novela inspiró a la generación Beat, cuyo rechazo de los valores de la clase media estadounidense llevaron la búsqueda de la verdad a través de experiencias extremas. No obstante, las críticas feministas, han identificado el carácter irreprimiblemente misógino de la obra. Las mujeres suelen estar representadas como receptáculos pasivos y anónimos, cuyo único cometido es satisfacer los deseos físicos de los hombres. No cabe duda de que la misma violencia de la prosa de Miller eclipsa cualquier posible erotismo o excitación que la lectura de la novela pudiera hacer esperar.
 
Trópico de Cáncer - Fragmento
Unos meses después. El mismo hotel, la misma habitación. Nos asomamos al patio donde están aparcadas las bicicletas, y ahí arriba, bajo el ático, está el cuartito en que un joven sabiondo tenía puesto el fonógrafo todo el santo día y repetía frases agudas a pleno pulmón. Hablo en plural, pero me estoy anticipando, porque Mona ha estado mucho tiempo ausente y es hoy precisamente cuando voy a ir a esperarla a la Gare St. Lazare. Al anochecer me encuentro allí con la cara metida entre los barrotes, pero Mona no aparece, y leo una y mil veces el telegrama, pero no sirve de nada. Vuelvo al Quartier y, como si no hubiera pasado nada, me doy una comilona. Un poco después, paseando por el Dôme, veo de repente una cara pálida y triste y unos ojos ardientes... y el trajecito de terciopelo que siempre he adorado, porque bajo el suave terciopelo siempre estaban sus cálidos senos, las piernas marmóreas, frescas, firmes, musculosas. Se levanta de entre un mar de caras y me abraza, me abraza apasionadamente: mil ojos, narices, dedos, piernas, botellas, ventanas, monederos, platos nos miran airados y nosotros abrazados y olvidados del mundo... Me siento a su lado, y ella habla: un diluvio de palabras. Comentarios desordenados y febriles de histeria, perversión, lepra. No escucho ni una palabra, porque es bella y la amo y ahora me siento feliz y dispuesto a morir.
  
Bajamos caminando por la rue du Château, buscando a Eugene. Pasamos por el puente del ferrocarril donde solía yo mirar los trenes salir y sentirme enfermo por dentro mientras me preguntaba dónde demonios podía estar ella. Todo suave y encantador cuando atravesamos el puente. Humo que nos sube por las piernas, raíles que chirrían, semáforos en nuestra sangre. Siento su cuerpo cerca del mío —mío y sólo mío ahora— y me detengo a pasar las manos por el cálido terciopelo. Todo lo que nos rodea está desmoronándose, desmoronándose, y el ardiente cuerpo bajo el cálido terciopelo se muere de deseo por mí...
  
De nuevo en la misma habitación y cincuenta francos sobrantes, gracias a Eugene. Me asomo al patio, pero el fonógrafo calla. El baúl está abierto y sus cosas tiradas por todas partes como antes. Está acostada en la cama con la ropa puesta. Una, dos, tres, cuatro veces... temo que se vuelva loca... En la cama, bajo las sábanas, ¡qué placer sentir su cuerpo de nuevo! Pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Durará esta vez? Ya tengo el presentimiento de que no.
  
Me habla febrilmente... como si no fuese a haber mañana. «¡Calla, Mona! Mírame solamente... ¡no hables!» Por fin, se queda dormida y retiro el brazo de debajo de ella. Se me cierran los ojos. Su cuerpo está ahí, a mi lado... va a estar ahí hasta mañana, seguramente... Fue en febrero cuando zarpé del puerto, con una ventisca cegadora. La última visión que tuve de ella fue en la ventana diciéndome adiós con la mano. Un hombre parado al otro lado de la calle, en la esquina, con el sombrero calado sobre los ojos, con la boca hundida entre las solapas. Un feto mirándome. Un feto con un puro en la boca. Mona en la ventana diciéndome adiós. Rostro blanco y triste, con los cabellos ondeando desordenados. Y ahora es un dormitorio triste, su respiración acompasada por la boca, savia que le rezuma todavía entre las piernas, un olor cálido y felino y su cabello en mi boca. Tengo los ojos cerrados. Respiramos nuestro cálido aliento uno en la boca del otro. Muy juntos, América a cinco mil kilómetros de distancia. No quiero volverla a ver. Tenerla aquí en la cama conmigo, respirándome en la piel, con su cabello en mi boca... lo considero como una especie de milagro. Ahora nada puede ocurrir hasta mañana...
  
Despierto de un sueño profundo para mirarla. Una pálida luz se filtra en la habitación. Contemplo su bella melena en desorden. Siento que algo me baja corriendo por el cuello. Vuelvo a mirarla detenidamente. Tiene la cabellera llena. Levanto la sábana... hay más. Pululan por la almohada.
  
Es un poco después del amanecer. Hacemos las maletas a toda prisa y salimos a hurtadillas del hotel. Los cafés están todavía cerrados. Vamos caminando y rascándonos al mismo tiempo. Nace el día con blancura lechosa, estrías de cielo rosa salmón, caracoles que abandonan sus conchas. París. París. Todo puede suceder aquí. Viejos muros decrépitos y el agradable sonido del agua que corre en los urinarios. Hombres que se lamen los bigotes en el bar. Persianas que se alzan con estrépito e hilillos de agua que susurran en los arroyos de la calle. Amer Picon en enormes letreros escarlatas. Zigzag. ¿Qué camino tomar y por qué o dónde o qué?
  
Mona tiene hambre. Lleva un vestido fino. Sólo mantones de noche, frascos de perfume, pendientes extravagantes, brazaletes, depilatorios. Nos sentamos en una sala de billar en la Avenue de Maine y pedimos un café. El retrete no funciona. Vamos a tener que esperar sentados un rato antes de poder ir al otro hotel. Mientras tanto, nos quitamos mutuamente las chinches de la cabeza. Nerviosos. Mona está perdiendo la calma. Necesita un baño. Necesita esto. Necesita lo otro. Necesita, necesita, necesita...
—¿Cuánto dinero te queda?
¡Dinero! Lo había olvidado completamente.
  
Hôtel des Etats-Units. Un ascenseur. Nos metemos en la cama en pleno día. Cuando nos levantamos, es de noche, y lo primero que hay que hacer es conseguir pasta suficiente para enviar un telegrama a América. Un telegrama al feto, el que llevaba el largo y sabroso puro en la boca. Mientras tanto, nos queda el recurso de la española del Boulevard Raspail... siempre tiene a punto una comida caliente. Mañana por la mañana, algo sucederá. Por lo menos vamos a acostarnos juntos. Ahora ya no hay chinches. Ha empezado la estación de las lluvias. Las sábanas están inmaculadas...
 
 
Henry Valentine Miller nació en Nueva York el 26 de diciembre de 1891, ejerció distintos trabajos y asistió al City College de su ciudad natal durante un breve periodo de tiempo, antes de marcharse a París en 1930 huyendo de la Gran Depresión. En aquella ciudad, en la que residió durante diez años, llevó una vida bohemia, que describió en tres novelas eróticas de carácter autobiográfico, Trópico de Cáncer, Primavera negra y Trópico de Capricornio. Pasó un año en Grecia y a su regreso en 1940 a los Estados Unidos y se instaló en Big Sur, California, desde donde rememoró su estancia helena en El coloso de Marussi, original guía de Grecia, presentada como el lugar donde es posible recuperar lo que de divino tiene el ser humano. También publicó una trilogía, La crucifixión rosada, formada por Sexus, Plexus y Nexus, entre otras obras.
  
Por sus novelas y su vida se convirtió en uno de los máximos defensores de la libertad tanto individual como literaria y su búsqueda de la "salvación" a través de experiencias intensas influyó enormemente en las ideas de la llamada generación Beat. Los "Trópicos" están consideradas sus mejores novelas por su prosa fluida en la que funde obscenidad y espiritualismo, y salta con gran naturalidad del expresionismo más realista al divismo más simbólico. Sus obras anarcoides y eróticas desencadenaron grandes polémicas, censuras y los ataques de la crítica feminista, debido a su retrato de la potencia masculina frente al masoquismo femenino, pero a la vez sirvieron para que, a partir de él, el sexo se tratará en la literatura con más normalidad.
  
Miller pintó unas trescientas acuarelas. La pintura era una de sus grandes pasiones. Fue también pianista amateur. Se casó cinco veces, la primera en 1917 y la última en 1967 con Hoki Tokuda, una japonesa. En 1931 había conocido a la escritora Anaïs Nin, con quien mantendría una apasionada relación y un intenso intercambio epistolar que duró de 1932 a 1953, y se convirtiría en una de las correspondencias más íntimas y ricas de la historia de la literatura. Murió el 7 de junio de 1980 en Pacific Palisades, California.